
En un templo de Sudamérica hay una piedra. Sobre esa piedra, unos familiares consagran a una mujer a los espíritus.
Ella no está ahí. Vive en Italia, del otro lado del océano. Y un sacerdote italiano reza por ella y da una orden.
Lo que pasó con esa piedra, lo contó un exorcista a finales de septiembre de 2026, ante ciento veinte exorcistas reunidos a las puertas de Roma.
En esos días, los exorcistas alertaron sobre algo que la mayoría de los católicos toma por ciencia ficción.
Las cadenas que ponen otros sin que la persona sepa, incluso desde lejos.
Lo que contaron es impresionante, y no tenemos ni idea.
Quédate para verlo.
Sacrofano es un pueblo a unos veinticinco kilómetros de Roma.
Del 21 al 25 de septiembre, en la casa de encuentros Fraterna Domus, se reunieron unos ciento veinte sacerdotes exorcistas.
Era la conferencia nacional italiana de la Asociación Internacional de Exorcistas.
Y este año tenía un peso especial, porque se cumplían diez años de la muerte del padre Gabriele Amorth, el exorcista más conocido del mundo y fundador de la asociación.
Amorth entendió que a un sacerdote no le alcanza con que el obispo lo nombre y le entregue el ritual.
Un exorcista sin formación es como un cirujano sin experiencia. Por eso existen estas reuniones.
Y por eso esta vez los exorcistas pusieron sobre la mesa casos desconocidos, que vieron con sus propios ojos.
Una de las historias que se escucharon en esa sala empezó con un viaje de una muchacha italiana que volvió de un viaje a África.
La llamaron Emanuela, para proteger su identidad. Al poco tiempo de volver empiezan los dolores fuertes, en todo el cuerpo.
Y hay un lugar donde empeoran: la misa. Así llega al padre Angelo Barra, exorcista de la diócesis de Salerno.
El sacerdote abre la Biblia ante ella y lee unos pasajes del capítulo 16 de los Hechos de los Apóstoles.
Es solo una lectura, pero en la muchacha se desata lo que el padre Barra llamó "un terremoto interior".
Ese capítulo cuenta la historia de una joven esclava poseída por un espíritu de adivinación.
Sus amos ganaban dinero con ella. San Pablo le ordena al espíritu, en el nombre de Jesucristo, que salga, y el espíritu sale.
Pocos versículos después, un terremoto sacude una cárcel y a todos los presos se les sueltan las cadenas.
Para el exorcista, la reacción de Emanuela ante esa Palabra dejó al descubierto la acción extraordinaria del demonio.
En el proceso de exorcismo, ella reveló que durante el viaje, una secta la había sometido a una consagración ritual.
El padre Aleardo Pisani, exorcista de Verona, que fue misionero en Brasil y en Angola, conoció de cerca estos rituales tribales.
Y de vuelta en Italia, se encontró con el mismo peligro instalado en los jóvenes de su tierra.
En el caso que contamos, luego vinieron las bendiciones y la oración, y Emanuela quedó libre.
Pero resulta que Emanuela no quedó libre solo por las bendiciones del padre Barra.
Mientras él rezaba en Italia, dos comunidades católicas de África la sostenían con su oración.
El mal la había alcanzado en África. Y desde África le llegó también la ayuda.
Esa es la otra cara de lo que contaron los exorcistas. Si las cadenas se pueden atar desde lejos, también se pueden romper desde lejos.
Y el padre Giuseppe Grassi, exorcista de Brindisi, agregó que hay una oración que llega todavía más alto: el canto sagrado.
Para él, el canto une la oración de la tierra con la de los ángeles, y por eso sirve en el exorcismo.
Desde los salmos hasta los cantos populares a la Virgen. Y la consagración oscura tiene un requisito.
La criminóloga Beatrice Ugolini, asesora de un grupo católico que investiga las sectas, contó que el ocultismo usa la violencia en sus rituales.
Para quien practica la magia, un rito tiene que liberar una energía oculta.
Esa energía se busca con un voto a dioses paganos, con una ofrenda, con una consagración, con una iniciación que obliga a romper con la vida anterior.
Y a veces, incluso, a través de la muerte de un ser vivo.
La regla, según Ugolini, es simple: cuanto más grande es lo que se busca con el rito, más violencia hace falta.
Y en esa lógica, una persona puede ser la ofrenda. Es lo que les pasó a Emanuela y los jóvenes, advirtió Ugolini, caen en este mundo mientras construyen su identidad, o por las ganas de desafiar las reglas.
Ahora, entonces, si otros te consagran al demonio, ¿quedas indefenso?
Monseñor Andrea Bruno Mazzoccato, arzobispo emérito de Udine, dio la respuesta, en medio de esa lucha, el hombre tiene un poder: la libertad de entregarse a uno o al otro.
Y esto viene bien para un caso que contó fray Benigno Palilla, exorcista de Palermo, de una joven siciliana a la que llamaron Clara. Era atea. Y como tantos jóvenes que no creen en Dios, se metió en sesiones espiritistas y prácticas ocultistas.
Es algo cada vez más común en los jóvenes. Lejos de los sacramentos, sin fe, y con curiosidad por lo oculto.
Hoy esas puertas están al alcance de un celular. Y lo que entró por esa puerta fue cambiando a Clara por dentro.
Se volvió agresiva con todos los que la rodeaban. Y empezó a odiarse a sí misma, hasta el punto de no querer vivir.
Fray Benigno la acompañó durante dos años y medio.
Y la liberación definitiva llegó un 23 de septiembre, el día de San Pío de Pietrelcina.
Pero no fue la primera vez que el Padre Pío apareció en un caso de fray Benigno.
Años antes, el fraile lo había vivido con una mujer llamada Francesca y contó esta escena.
Francesca está en trance, tendida sobre un colchón en el suelo. Su vientre se mueve de una forma que no es natural.
El marido intenta sujetarla. Fray Benigno le pide que se aparte e invoca al Padre Pío.
Sobre el vientre de la mujer aparece una marca con forma de pie y los movimientos se detienen.
Fray Benigno la vio como la huella del Padre Pío, que había venido a frenar al demonio.
Entonces Fray Benigno le coloca en la cintura un cordón que perteneció al Padre Pío y empieza el exorcismo formal.
Una voz que habla por Francesca le pide a un ayudante que le saque el cordón. Promete irse si se lo sacan. Fray Benigno ordena dejarlo donde está.
Entonces Francesca gira hacia un costado de la habitación. Insulta y escupe a alguien que nadie más ve.
El fraile le pregunta quién es. Y la respuesta es el Padre Pío.
El padre Pío le está ordenando que se vaya. Fray Benigno le manda obedecer y en ese momento, Francesca queda libre.
Y meses después, ella contó un sueño. Estaba atrapada en un pozo lleno de barro.
Desde arriba, un fraile con barba le tendía una cuerda. Ella trepaba y se resbalaba.
Pero en el segundo intento lo reconoció: era el Padre Pío, que le pedía que no soltara la cuerda.
Y el padre Michele Tenzon exorcista en la diócesis de San Remo, en el norte de Italia, contó el caso de una mujer sudamericana.
La llamaron Antonella. A Antonella la ofrecieron a los espíritus sus propios familiares y ella participaba de ese culto.
Un día se fue a vivir a Italia y tomó la decisión de dejar el culto.
Usó esa libertad de la que habló el arzobispo Mazzoccato.
Pero lo pagó caro. Su economía se vino abajo, hasta quedar en la ruina. Y sufrió graves abusos físicos.
Ella se había ido. Pero su familia no la había soltado.
Porque del otro lado del océano, en un templo de Sudamérica, había una piedra.
Y sobre esa piedra, sus familiares seguían renovando la consagración de Antonella a los espíritus.
En muchas familias de Latinoamérica hay alguien que hace trabajos, que va al curandero o que le reza a los espíritus.
Y en muchas hay un hijo o una hija que se fue lejos.
Entonces Antonella llegó al padre Tenzon y empezaron los exorcismos.
El sacerdote luchaba contra una consagración que alguien seguía renovando a miles de kilómetros.
Para esa lucha, Tenzon dijo que hacen falta tres cosas:
1. Una vida cristiana auténtica.
2. La formación del exorcista.
3. Y la intercesión de la Virgen en la oración. La mujer que lucha contra el diablo, aliada y escudo de los exorcistas y de todos los que sufren.
Con ese escudo, el padre Tenzon dio la orden a los demonios que salieran.
Y al otro lado del océano, en aquel templo, la piedra se partió.
La piedra que su familia usaba para atarla ya no servía para nada.
Y la cadena que se ataba desde Sudamérica se cortó desde Italia.
Los exorcistas reunidos a las puertas de Roma lo dejaron claro: a una persona la pueden atar otros, aunque esté del otro lado del mundo.
Pero la oración llega igual de lejos, y con la Virgen como escudo, no hay cadena que no se pueda romper.
Y tú ¿tienes algún familiar lejos por el que estés rezando?
¡Y que Dios te bendiga y la Virgen te cubra con su manto!
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