
Massimo Coppo, el Ermitaño de Asís, acaba de señalar el problema central de nuestro tiempo: un espíritu de rebelión preternatural está atacando al mundo.
El hombre ya no quiere que Cristo reine en el mundo. Y esa misma rebelión ha entrado en la Iglesia.
Porque unos adaptan la fe al mundo. Y otros, al reaccionar contra eso, terminan rompiendo la comunión.
Aquí hablaremos sobre cómo actúa este espíritu preternatural de rebelión, cómo está afectando a la Iglesia, y qué debe hacer el católico para no ser arrastrado por él.
Massimo Coppo, el ermitaño de Asís, acaba de aparecer advirtiendo, que el problema central de nuestro tiempo es un espíritu de rebelión preternatural, atacando al hombre.
El mundo ya no quiere que Cristo determine qué está bien y qué está mal.
Quiere establecer sus propias leyes y organizar la vida, sin reconocer la autoridad de Dios.
Esa rebelión avanzó contra el orden de la creación y ahora presiona a la Iglesia para que acepte lo que contradice la ley de Dios.
Pero aparece una paradoja.
Mientras algunos dentro de la Iglesia adaptan la fe al mundo, otros, al intentar defender la fe, terminan rompiendo la comunión con la propia Iglesia.
Veamos cómo es esto. Coppo recurre a una parábola del Evangelio para explicar el mundo actual.
En ella, un hombre noble viaja a un país lejano para ser coronado rey. Pero los ciudadanos envían una delegación con un mensaje claro: no quieren que él gobierne sobre ellos.
Para Coppo, ese noble representa a Jesús.
Y la frase «No queremos que éste reine sobre nosotros» resume la rebelión del hombre contemporáneo, contra Dios.
Cristo puede ser aceptado como figura religiosa o referencia moral, pero no como quien establece lo bueno y lo malo.
El hombre quiere decidir por sí mismo qué está bien y qué está mal. Ya no recibe la verdad de Dios.
Y esa decisión es la raíz de las grandes rebeliones de nuestro tiempo.
Coppo presenta la Revolución Francesa como el gran símbolo histórico de esta ruptura con Dios.
Recuerda que suele celebrarse como una conquista de la libertad, aunque estuvo marcada por la violencia, la guillotina y la represión a los cristianos.
Y lo más significativo es que aquella revolución todavía sea recordada, como un acontecimiento prestigioso.
Detrás de esa exaltación permanece una idea que sigue actuando hasta hoy: que el hombre será más libre cuanto menos dependa de Dios.
La libertad comienza entonces a entenderse, como el derecho a rechazar todo orden recibido, y decidir por sí mismo qué está bien y qué está mal.
Y una sociedad que se libera de Dios, termina creyéndose autorizada, para redefinir también al propio ser humano.
Porque cuando el hombre deja de reconocer la autoridad de Dios, también deja de reconocer la creación como un orden que debe respetar.
Entonces la diferencia entre varón y mujer, el matrimonio y la familia, comienzan a presentarse como realidades que cada persona puede redefinir.
Coppo señala que todos venimos de un padre y una madre, y que esa realidad elemental no depende de una ideología, ni de una decisión política.
Pero el mundo rebelde ya no quiere aceptar límites dados por la naturaleza.
Pretende que el deseo individual determine la verdad sobre el ser humano.
De este modo, la rebelión contra Dios termina convirtiéndose, en una rebelión contra la manera en que Dios creó al hombre.
Y cuando una sociedad rechaza estas realidades fundamentales, comienza a exigir que todos acepten sus nuevas definiciones.
Y tarde o temprano llega también hasta la Iglesia. La presión cultural no se limita a pedir tolerancia.
Busca también que la Iglesia cambie su manera de hablar sobre el pecado.
Coppo critica la actitud pastoral demasiado preocupada por no incomodar.
Dice que es como intentar salvar a una persona que se está ahogando, negándose a gritarle, por miedo a herir su sensibilidad.
La caridad verdadera no consiste en ocultar el peligro. Consiste en decir la verdad para ayudar a la persona a salvarse.
Muchas veces, el deseo de acompañar termina debilitando el llamado a cambiar de vida.
Y la Iglesia corre el riesgo de usar palabras correctas, pero sin mostrar con claridad, hacia dónde debe conducir ese acompañamiento.
Y entonces, la rebelión del mundo consigue algo decisivo: que la verdad empiece a parecer una falta de misericordia.
Coppo sostiene que la Iglesia debilita su testimonio, cuando empieza a medir su mensaje por la reacción de la gente.
La verdad no depende del número de personas que la aceptan. Tampoco cambia porque una idea obtenga respaldo político.
La medida sigue siendo Cristo y el Evangelio.
Cuando la búsqueda de consenso ocupa el primer lugar, la enseñanza comienza a acomodarse, a lo que la sociedad está dispuesta a escuchar.
Y entonces algunas verdades se silencian, otras se presentan de forma ambigua, y la identidad católica pierde claridad.
La misión de la Iglesia no consiste en confirmar al mundo en sus criterios.
Consiste en conducirlo hacia Cristo, aunque su mensaje resulte incómodo.
Y esa adaptación de la Iglesia al mundo provoca una reacción legítima entre muchos católicos.
Coppo reconoce que existen motivos.
Él mismo recuerda cambios litúrgicos que le causaron incomodidad, y sostiene que el fiel puede expresar con libertad sus observaciones, sobre lo que sucede dentro de la Iglesia.
El católico debe reconocer los errores y defender la doctrina, la liturgia y la tradición.
Pero esa defensa debe conservar siempre el amor, la humildad y la comunión.
Cuando pierde esas virtudes, la fidelidad se convierte en enfrentamiento, la corrección en desprecio, y la resistencia en ruptura.
Entonces el mismo espíritu de rebelión preternatural que domina al mundo, comienza a actuar dentro de quienes quieren combatirlo.
Y aparece una nueva tentación: responder a la rebelión contra Dios, con otra rebelión dentro de la Iglesia.
Coppo aplica esta advertencia al caso de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Reconoce que algunas de sus críticas al Concilio Vaticano II, o a ciertos cambios posteriores, pueden tener fundamento.
Pero sostiene que ninguna crítica justifica apartarse de la comunión con la Iglesia.
Se puede identificar correctamente un problema, pero tomar una decisión equivocada frente a él.
La defensa de la tradición deja de ser plenamente católica, cuando coloca el juicio propio por encima de la unidad de la Iglesia.
Para Coppo, Cristo quiso una Iglesia unida al Papa y a los obispos. Sus pastores pueden cometer errores.
Pero la respuesta es permanecer dentro de la Iglesia y trabajar por su renovación, sostenidos por la fe, los sacramentos y la providencia divina.
Y Coppo propone entonces la reconciliación con Dios como respuesta al espíritu de rebelión.
Porque la rebelión aparece cuando rechazamos lo que ocurre, en la medida en que no coincide con nuestros deseos.
Y la fe, en cambio, nos lleva a confiar en que Dios continúa guiando nuestra vida, y la de la Iglesia, incluso cuando todavía no comprendemos sus caminos.
Por eso Coppo presenta la gratitud como el antídoto contra el espíritu de rebelión.
Reconocer que todo lo recibido puede ser conducido por Dios para nuestro bien.
Y volver a confiar en la Providencia Divina.
Hasta aquí la advertencia de Massimo Coppo sobre la rebelión del hombre contra Dios.
Una rebelión que rechaza el reinado de Cristo avanza contra el orden de la creación, y termina provocando confusión dentro de la propia Iglesia.
Y dentro de la Iglesia, aparece en quienes adaptan la fe al mundo y también en quienes, al reaccionar contra esa crisis, rompen la comunión.
Y tú, ¿percibes este espíritu de rebelión en ambos extremos dentro de la Iglesia?
¡Y que Dios te bendiga y te halle confiando en su Providencia!
Fuente - Imagen y textos tomados de YOUTUBE:
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