
En octubre de 2026, el Vaticano publicó un documento sobre cómo transmitir la fe a las nuevas generaciones.
Se llama Venite ad me, venid a mí, y lo firma el cardenal Víctor Manuel Tucho Fernández.
Y hay un detalle que casi nadie miró. El Papa lo aprobó el día de San Pío X, el Papa del catecismo, el que combatió el modernismo.
Y se publicó el día de San Juan Pablo II, el Papa del Catecismo de la Iglesia Católica y el gran evangelizador de nuestra época.
Dos papas que dedicaron precisamente su vida a enseñar la doctrina entera, sin recortes.
Y este documento pide, justamente, lo contrario: dejar la doctrina en segundo plano.
Detrás de sus párrafos llenos de cercanía, hay confesiones que el propio texto dice en voz baja y tiene terribles consecuencias.
Quédate, porque lo que hay detrás de este documento es impresionante.
El documento se anima a decir en voz alta lo que muchas familias viven en silencio.
Cita al papa León XIV, que reconoce que en algunas regiones del mundo, la transmisión de la fe se interrumpió casi por completo.
Y para escribirlo, el Vaticano consultó a obispos de todo el mundo, y desde todos los continentes llegó la misma respuesta.
La fe ya no pasa de padres a hijos, como pasaba antes.
Y además el documento reconoce que muchísimos niños y adolescentes se alejan de la Iglesia, apenas terminan la catequesis, o apenas salen del colegio católico.
Hacen la Primera Comunión, se confirman, y desaparecen. Muchos abuelos que ven este video lo saben bien.
El problema del Vaticano es la respuesta que da. Y cuando uno mira quién escribió la receta a aplicar, y con qué encargo llegó a ese puesto que tiene hoy, la respuesta empieza a tener sentido.
El documento lo firma el cardenal Víctor Manuel Tucho Fernández, prefecto de la Doctrina de la Fe.
Es el autor de Fiducia supplicans, el texto que permitió bendecir a parejas en situación irregular, incluidas las del mismo sexo.
Y fue uno de los redactores de Amoris laetitia. Cuando Francisco lo nombró en ese cargo, en 2023, le escribió una carta pública.
Le pedía que defendiera la fe, pero no como enemigos que señalan y condenan.
Entre líneas, eso significa que al encargado de señalar los errores en la fe, le pidieron que dejara de señalar los errores.
Venite ad me es el fruto de esa carta.
Es un documento que habla de amor y de cercanía, pero que evita señalar el pecado y corregir errores.
Y el propio documento admite que no busca, como otros textos de ese dicasterio, la precisión del lenguaje.
O sea que la oficina que existe para precisar la fe, renuncia a precisarla.
Y lo más revelador del texto está en lo que deja escapar entre líneas. El documento celebra un fenómeno que llena de esperanza.
En Francia, los bautismos de adultos crecieron un 28 por ciento en un solo año, y se triplicaron en diez años.
La mitad de esos nuevos bautizados tiene entre 18 y 25 años. Esto está pasando en varios lados espontáneamente, sin intervención parroquial inicial.
Y el documento dice que muchos de esos neófitos, poco tiempo después del bautismo, vuelven a la indiferencia; lo mismo que después de la Primera Comunión.
Lo que falta es que echen raíces, saber qué se cree y por qué se cree, pero el documento no lo dice.
Y además el documento menciona, casi escondido, que entre lo que buscan los jóvenes hay un deseo de recuperar lo antiguo y las tradiciones.
Y entonces, uno esperaría que la receta fuera darles eso, y más formación para que no se vayan.
Pero la receta de Fernández va en la dirección contraria. El documento pide revisar la catequesis, para que no quede encerrada en lenguajes que llama escolásticos, dogmáticos o moralistas.
Escolástico es el método de Santo Tomás de Aquino.
Dogmático es lo que Dios reveló.
Y moralista, en la práctica, termina siendo hablar de los mandamientos.
Y después va más lejos.
Dice que con los jóvenes, con los adultos que se preparan para el bautismo y con los que vuelven a la Iglesia, no parece oportuno dispersarse en ámbitos de la doctrina católica, por importantes que sean.
Justo con los que llegan sin saber nada. Justo con esos conversos que, como el mismo documento admite, se van poco después.
Y en contraposición Jesús, antes de subir al cielo, mandó a los apóstoles a hacer discípulos en todos los pueblos, y a enseñarles a guardar todo lo que Él les había mandado. Todo.
Y el documento pide no dispersarse en la doctrina, justo con los que recién llegan.
Además, para hablar de la familia, elige el testimonio de un sacerdote jesuita, que termina diciendo, que los gestos de sus padres le enseñaron sobre Dios más que el catecismo.
El recuerdo es hermoso. Pero el mensaje que queda es que el catecismo es lo de menos.
Están sugiriendo entre líneas debilitar el conocimiento de la fe.
Y hay algo más que el documento deja afuera: recuerda efectivamente con San Pablo que, si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.
Pero en ese mismo capítulo de Corintios 15, unos versículos antes, Pablo transmite el anuncio cristiano más antiguo que se conserva:
Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras.
Y después lo repite:
Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, todavía estáis en vuestros pecados.
Estas frases están amputadas en el documento.
El anuncio central que propone el documento, para toda la catequesis, es que Jesucristo te ama, que está vivo a tu lado cada día, que dio su vida para salvarte.
Pero no dice de qué te salva. En Pentecostés, San Pedro predicó el primer sermón de la Iglesia.
La gente, conmovida, le preguntó qué tenía que hacer. Y Pedro respondió:
"Conviértanse, y háganse bautizar para el perdón de los pecados".
Si no se habla del pecado, nadie siente que tiene que cambiar de vida, ni confesarse, ni aprender lo que Dios pide.
Y esa es la catequesis contra la que habían advertido los dos Papas que hablamos al principio, que es borrada por este documento. San Pío X hizo del catecismo una prioridad de toda la Iglesia.
En 1905 escribió una encíclica, Acerbo nimis, dedicada entera a la enseñanza de la doctrina, afirma que:
"La causa principal de la decadencia de la fe es la ignorancia de las cosas de Dios. Y ordenó que todos los párrocos dieran catecismo cada domingo, a los niños y también a los adultos. Dos años después, en la encíclica Pascendi, condenó el modernismo. Y describió que una de las marcas del modernismo, es hacer de la religión una cuestión de sentimiento, y de experiencia interior, con la doctrina en segundo plano".
Y Venite ad me pone en el centro, justamente que el anuncio provoque una experiencia de fe, y que la doctrina venga después.
Pío X veía en la ignorancia de la fe la raíz del mal.
Mientras el documento de Fernández ve el riesgo, en lo que llama una exposición fría de conceptos doctrinales.
Y Juan Pablo II tuvo que enfrentar este mismo debate en los años setenta, cuando muchos decían que la catequesis debía partir de la experiencia y dejar la doctrina de lado.
En 1979 respondió con Catechesi tradendae.
Ahí dijo que no hay que elegir entre vivir la fe y estudiarla: las dos cosas van juntas.
Y advirtió contra los que querían dejar de enseñar la doctrina, con la excusa de que lo importante es la experiencia.
Dijo también que el discípulo de Cristo tiene derecho a recibir la palabra de la fe entera, sin mutilaciones, sin falsificaciones y sin recortes.
Y en 1992 le dio a la Iglesia el Catecismo, para que nadie tuviera dudas sobre qué se cree.
Venite ad me se publicó el día de su fiesta.
Y pide precisamente lo que Juan Pablo II había descartado: poner la experiencia primero, y no dispersarse en la doctrina.
Para Juan Pablo II, conocer mejor a Cristo hacía más fuerte el encuentro con Él.
Lo que pasa cuando se deja de lado esa advertencia, América Latina lo conoce de memoria.
En 1995, ocho de cada diez latinoamericanos se declaraban católicos, y en 2024 había bajado a cinco de diez.
Los evangélicos pasaron de ser el seis por ciento a ser casi uno de cada cinco.
Y en nuestras tierras hay un refrán:
"Católico ignorante, futuro protestante".
El católico que no sabe por qué cree, cuando llega alguien con la Biblia bajo el brazo, no tiene qué responder.
Y cuando llega la prueba, la enfermedad o la pobreza, se va a donde le prometen algo.
Fernández sabe que muchos católicos se están yendo a las sectas que prometen salud y dinero.
Pero cree que se van porque la Iglesia no supo atender sus problemas concretos, un problema material.
Y no se le ocurre que se van porque nadie les enseñó su fe. Esa es la receta que Tucho vuelve a proponer en Venite ad me, y ya se probó.
Y el resultado está en las parroquias vacías de todo el continente. El Cielo sabía que esto iba a pasar.
Los estudiosos de Fátima, como el padre Joaquín Alonso, entendieron que si la fe entera se conservara en un país, en muchos otros se va a oscurecer o se va a perder.
Y la pérdida no vendría de afuera, sino desde arriba, desde los mismos pastores, del Vaticano como dijo el cardenal Ciappi, que era el verdadero contenido de la parte del tercer secreto nunca publicado.
El cardenal Pacelli, el futuro Pío XII, vio en Fátima un aviso del cielo.
Temía que la Iglesia fuera cambiando su fe poco a poco, sin decirlo, en la Misa, en lo que enseña y en lo que anuncia para salvar las almas.
Y eso es Venite ad me. No niega ninguna verdad, pero enseña a dejarlas de lado.
Y Pacelli también vio adónde lleva ese camino:
"Cristianos que entran a sus iglesias buscando la lámpara roja del Sagrario, y no encuentran a Dios".
El Vaticano hizo la pregunta correcta, pero la respuesta de Tucho Fernández es la misma receta que ya vació las iglesias.
Dos papas santos, y la Virgen en Fátima, ya habían avisado dónde termina este camino.
Y tú, ¿qué piensas que están buscando los jóvenes que están entrando a la Iglesia hoy?
¡Y que Dios te bendiga y la Virgen te auxilie para comprender nuestra fe!
Fuente - Imagen, texto y videos tomados de YOUTUBE:
https://www.youtube.com/watch?v=4BrNoKF_w3g






