
La Biblia anunció que en los tiempos finales la Iglesia atravesaría una gran prueba.
Apostasía, pérdida de la fe, falsos maestros, división interna, desorden moral, persecución.
Y durante siglos, esas crisis fueron apareciendo aisladamente.
Pero hoy están convergiendo al mismo tiempo. Y esa convergencia indica que ya hemos entrado en la gran prueba, anunciada para los tiempos finales. En este video veremos cómo está ocurriendo esa convergencia, y por qué apunta al Final de los Tiempos.
Y quédate porque veremos, hacia qué prueba todavía mayor conduciría esta convergencia de crisis.
Nos hemos acostumbrado a ver dentro de la Iglesia, cosas que hace unas décadas habrían parecido extraordinarias que se dieran todas juntas.
Obispos y cardenales enfrentados públicamente, y diciendo cosas opuestas, sobre cuestiones de fe y moral.
Escándalos sexuales.
Problemas graves de disciplina.
Caída de vocaciones.
Abusos litúrgicos.
Restricciones y persecución a comunidades tradicionales, y a la misa tradicional en latín.
Y como todo esto aparece una y otra vez, deja de sorprendernos.
Y entonces aparece una explicación tranquilizadora: Siempre hubo crisis.
Siempre hubo malos sacerdotes. Siempre hubo divisiones. En la Edad Media también hubo corrupción y escándalos, etc.
Pero ese argumento puede hacernos perder de vista, que el problema actual es que estas distintas crisis están apareciendo al mismo tiempo, convergen. Y esto cambia la perspectiva.
Porque la Iglesia no es solamente una institución humana que atraviesa ciclos de decadencia y recuperación. Es también una realidad sobrenatural. La Biblia anunció que en los tiempos finales habría una gran crisis dentro del pueblo de Dios.
Y la Virgen le puso fecha y le llamó Final de los Tiempos en Garabandal.
Las Escrituras anunciaron una crisis que penetraría dentro de los propios creyentes.
Jesús advirtió en Mateo 24 que muchos perderían la fe, surgirían falsos profetas y el amor de muchos se enfriaría.
San Pablo, en la Segunda Carta a los Tesalonicenses anunció una apostasía, antes de la manifestación del hombre de la iniquidad.
En la Segunda Carta a Timoteo advirtió, que llegaría un momento en que muchos ya no soportarían la sana doctrina, sino que buscarían maestros que les dijeran lo que querían escuchar.
Y en la Primera Carta avisó a los responsables de la Iglesia de Éfeso que surgirían hombres, pertenecientes a la propia comunidad, que deformarían la verdad.
Las Escrituras también asociaron estos tiempos con una degradación moral, dentro de la propia comunidad creyente, incluyendo falsos maestros entregados a la codicia y a conductas desordenadas.
Por lo tanto, la gran prueba aparecería dentro de la propia comunidad cristiana.
Y la Iglesia incorporó esta enseñanza a su Catecismo.
La Biblia, por tanto, dejó descritos varios componentes de una misma crisis: apostasía, pérdida de la fe, falsos maestros, confusión, división interna, conductas desordenadas.
Hoy hay crisis en lo que los católicos creen. En Estados Unidos, una encuesta de Pew Center encontró que solo el 31% de los católicos cree que el pan y el vino consagrado, se convierten realmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
La confusión también aparece entre quienes enseñan la fe. El cardenal Blase Cupich defendió públicamente la afirmación, de que todas las religiones son caminos hacia Dios, sosteniendo que estaba en consonancia con la enseñanza católica. Y así, un fiel puede escuchar a miembros de la propia jerarquía defender posiciones diferentes sobre el matrimonio, la moral, el ministerio sacerdotal y otras cuestiones centrales de la vida católica.
Dentro de la misma Iglesia conviven quienes buscan adaptar al espíritu del mundo, las enseñanzas que entregó Cristo a los Apóstoles, y quienes consideran que esas enseñanzas deben conservarse como centro de la fe. Por eso la crisis doctrinal no consiste solamente en que haya errores. Consiste en que el católico común puede encontrar versiones diferentes de la fe, dentro de la propia Iglesia.
También hay crisis de disciplina y moral dentro del clero.
El caso del padre Marko Rupnik, mostró hasta qué punto pueden acumularse durante años denuncias sexuales graves, contra un sacerdote de enorme influencia dentro de la Iglesia.
Y el caso mostró además que las denuncias y restricciones canónicas existían años antes de que el escándalo se hiciera público.
Pero también está el dinero.
El proceso contra el cardenal Angelo Becciu expuso operaciones financieras irregulares dentro del Vaticano, y terminó con una condena en primera instancia.
En distintos países han aparecido además sacerdotes investigados por apropiarse de fondos parroquiales, mantener dobles vidas o relaciones incompatibles con sus compromisos sacerdotales.
Y hay otro problema todavía más profundo: el encubrimiento.
En varios escándalos se descubrió que los superiores habían recibido advertencias o denuncias, antes de que los casos se hicieran públicos, y no tomaron medidas adecuadas.
Por eso la crisis disciplinaria abarca al mismo tiempo: conducta sexual, dinero, obediencia, transparencia y responsabilidad de quienes gobiernan.
La crisis también ha llegado a la autoridad dentro de la Iglesia.
En Alemania, representantes de la Conferencia Episcopal elaboraron un vademécum, que formalizó bendiciones para parejas homosexuales y otras uniones irregulares.
Y estaban avisados que Roma no lo aceptaría. León XIV declaró públicamente que la Santa Sede no estaba de acuerdo con esas ceremonias formalizadas, y el Dicasterio para la Doctrina de la Fe aclaró que el vademécum alemán no tenía su aprobación.
Y la crisis de autoridad aparece también desde el extremo contrario.
En julio de 2026, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X consagró cuatro obispos sin mandato pontificio, a pesar de las advertencias de Roma y del pedido de León XIV para que no lo hiciera.
De modo que aparecen dos movimientos opuestos. Por un lado, sectores que buscan introducir cambios, que Roma considera que exceden los límites permitidos, y buscan adaptarse al espíritu del mundo. Y por otro, sectores tradicionales que consideran necesario desobedecer decisiones de Roma, para preservar lo que entienden como la tradición de la Iglesia. Y la crisis también llega a la liturgia.
En muchas parroquias se hicieron habituales improvisaciones del sacerdote durante la Eucaristía, cambios en los textos de la Misa, músicas impropias, y formas cada vez más informales de distribuir y recibir la Comunión.
Y, León XIV tuvo que recordar que ningún sacerdote puede modificar la liturgia según sus preferencias, y que deben respetarse los textos y las normas establecidas por la Iglesia. También persisten abusos en el uso de ministros extraordinarios de la Comunión, incluso cuando no existe una verdadera necesidad.
Y las diferencias entre parroquias pueden ser enormes. Un católico puede encontrar en una iglesia silencio, adoración y profunda reverencia ante la Eucaristía. Y a pocos kilómetros, una celebración completamente informal. La crisis litúrgica ha producido algo muy serio: dentro de la misma Iglesia conviven formas de celebrar, que parecen expresar concepciones muy distintas de lo sagrado. Y otro tema son las persecuciones internas.
El caso de FRICYDIM, fundada por el padre Carlos Spahn, es uno de los más fuertes.
Después de años de intervención, el Dicasterio para la Vida Consagrada ratificó su supresión.
También fueron intervenidos los Heraldos del Evangelio, entre otros.
La Santa Sede inició una visita apostólica en 2017 y en 2019 colocó a la institución bajo un comisario pontificio. Y durante casi cinco años quedaron paralizadas de hecho las nuevas ordenaciones. Y la presión alcanza también a los católicos vinculados a la liturgia tradicional. En numerosas diócesis se han reducido o eliminado celebraciones de la Misa tradicional en latín, se han limitado los lugares donde puede celebrarse, y se han impuesto nuevas autorizaciones para los sacerdotes.
En algunos casos, comunidades que llevaban años celebrándola regularmente han perdido, de un día para otro, el acceso a sus parroquias habituales.
El patrón se repite: comunidades con fuerte identidad tradicional son intervenidas, restringidas, o privadas de espacios que utilizaban desde hacía años.
La crisis interna de la Iglesia que describimos no es el último paso.
El Catecismo 675 dice que la prueba final desembocará en una “impostura religiosa”, que ofrecerá una solución aparente a los problemas humanos, al precio de abandonar la verdad.
Y China avanza como potencia mundial, mientras mantiene un sistema donde el Partido Comunista controla la actividad religiosa, interviene comunidades, y persigue a los cristianos que actúan fuera de las estructuras oficiales. En África subsahariana, miles de cristianos han sido asesinados, y comunidades enteras desplazadas por ataques de la media luna.
Y hasta en Tierra Santa, comunidades cristianas como Taybeh sufren ataques, ocupación de tierras y una presión creciente, que amenaza con expulsarlas de lugares donde llevan siglos viviendo.
Por tanto, la apostasía interna y el crecimiento de fuerzas anticristianas externas están apareciendo simultáneamente. Dentro de la Iglesia crecen la pérdida de fe, la división, los escándalos y la persecución interna. Y fuera de ella crecen sistemas políticos y fuerzas sociales cada vez más hostiles al cristianismo.
Tal vez ahora entendamos por qué la gran crisis fue anunciada de antemano. Para que cuando llegara, los fieles no confundieran la prueba de la Iglesia con su derrota.
Y tú, ¿piensas que todas estas señales están apareciendo juntas por casualidad?
¡Y que Dios te bendiga y te mantenga firme en la fe de los Apóstoles!
Fuente - Imagen, texto y video tomados de YOUTUBE:






