domingo, 20 de septiembre de 2026

San Mateo - Apóstol y Evangelista - Fiesta Septiembre 21

     



Se llamaba también Leví, y era hijo de Alfeo. Su oficio era el de recaudador de impuestos, un cargo muy odiado por los judíos, porque esos impuestos se recolectaban para una nación extranjera. Los publicanos o recaudadores de impuestos se enriquecían fácilmente. Y quizás a Mateo le atraía la idea de hacerse rico prontamente, pero una vez que se encontró con Jesucristo, ya dejó para siempre su ambición de dinero y se dedicó por completo a buscar la salvación de las almas y el Reino de Dios.

Como ejercía su oficio en Cafarnaúm, y en esa ciudad pasaba Jesús muchos días y obraba milagros maravillosos, ya seguramente Mateo lo había escuchado varias veces y le había impresionado el modo de ser y de hablar de este Maestro formidable. Y un día, estando él en su oficina de cobranzas, quizás pensando acerca de lo que debería hacer en el futuro, vio aparecer frente a él nada menos que al Divino Maestro, el cual le hizo una propuesta totalmente inesperada:


"Ven y sígueme"




Mateo aceptó sin más la invitación de Jesús y renunciando a su empleo tan productivo, se fue con Él, no ya a ganar dinero, sino almas. No ya a conseguir altos empleos en la tierra, sino un puesto de primera clase en el cielo. San Jerónimo dice:


"Que la llamada de Jesús a Mateo es una lección para que todos los pecadores del mundo sepan que, sea cual fuere la vida que han llevado hasta el momento, en cualquier día y en cualquier hora pueden dedicarse a servir a Cristo, y Él los acepta con gusto"


Mateo dispuso despedirse de su vida de empleado público dando un gran almuerzo a todos sus amigos, y el invitado de honor era nada menos que Jesús. Y con Él, sus apóstoles. Y como allí se reunió la flor y nata de los pecadores y publicanos, los fariseos se escandalizaron horriblemente y llamaron a varios de los apóstoles para protestarles por semejante actuación de su jefe:


"¿Cómo es que su Maestro se atreve a comer con publicanos y pecadores?"


Jesús respondió a estas protestas de los fariseos con una noticia que a todos nos debe llenar de alegría:


"No necesitan médico los que están sanos, sino los que están enfermos. Yo no he venido a buscar santos sino pecadores. Y a salvar lo que estaba perdido"




Desde entonces Mateo va siempre al lado de Jesús. Presencia sus milagros, oye sus sabios sermones y le colabora predicando y catequizando por los pueblos y organizando las multitudes cuando siguen ansiosas de oír al gran profeta de Nazaret. Jesús lo nombra como uno de sus 12 preferidos, a los cuales llamó apóstoles (o enviados, o embajadores), y en Pentecostés recibe el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego. Los judíos le dieron 39 azotes por predicar que Jesús sí había resucitado (y lo mismo hicieron con los otros apóstoles) y cuando estalló la terrible persecución contra los cristianos en Jerusalén, Mateo se fue al extranjero a evangelizar, y dicen que predicó en Etiopía y que allá murió martirizado.




En todo el mundo es conocido este santo, y lo será por siempre, a causa del maravilloso libro que él escribió:


"El Evangelio según San Mateo"


Este corto escrito de sólo 28 capítulos y 50 páginas, ha sido la delicia de predicadores y catequistas durante 20 siglos en todos los continentes. San Mateo en su Evangelio (palabra que significa: "Buenas Noticias"), copia sermones muy famosos de Jesús, como por ejemplo:


El Sermón de la Montaña (el sermón más bello pronunciado en esta tierra), el Sermón de las Parábolas, y el que les dijo a sus apóstoles cuándo los iba mandar a su primera predicación. Narra milagros muy interesantes, y describe de manera impresionante la Pasión y Muerte de Jesús. Termina contando su resurrección gloriosa.


El fin del Evangelio de San Mateo es probar que Jesucristo sí es el Mesías o Salvador anunciado por los profetas y por el Antiguo Testamento. Este Evangelio fue escrito especialmente para los judíos que se convertían al cristianismo, y por eso fue redactado en el idioma de ellos, el arameo.

Quizá no haya en el mundo otro libro que haya convertido más pecadores y que haya entusiasmado a más personas por Jesucristo y su doctrina, que el Evangelio según San Mateo. A San Mateo lo pintan teniendo al lado a un ángel en forma de hombre, porque su Evangelio comienza haciendo la lista de los antepasados de Jesús como hombre, y narrando la aparición de un ángel a San José.


De las Homilías de San Beda
el Venerable, presbítero
Homilía 21
Jesús lo vio y,
porque lo amó, lo eligió


Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. Sígueme, que quiere decir: «Imítame». Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió Él.




Él –continúa el texto sagrado– se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a Aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que Aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.

Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis:


"Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos"




Nosotros escuchamos su Voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en nuestra casa, cuando de buen agrado prestamos nuestro asentimiento a sus advertencias, ya vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad suya. Él entra para comer con nosotros, y nosotros con Él, porque, por el don de su amor, habita en el corazón de los elegidos, para saciarlos con la luz de su continua presencia, haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales y deleitándose Él mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísimo.


Oración


Oh Dios, que en tu infinita
misericordia te dignaste elegir
a San Mateo para convertirlo
de publicano en apóstol,
concédenos que, fortalecidos
con su ejemplo y su intercesión,
podamos seguirte siempre
y permanecer unidos
a Ti con fidelidad.
Por nuestro Señor Jesucristo.


Fuente - Texto tomado de EWTN.COM:

¡EXCLUSIVA! Arzobispo Viganò: La Iglesia Católica "está viva"; la "iglesia sinodal es un cadáver"



El arzobispo Carlo Maria Viganò aborda los límites de la obediencia, la resistencia al error doctrinal, el sedevacantismo y el camino hacia la restauración de la doctrina, la liturgia y el gobierno católicos.


Gaetano Masciullo

Viernes 18 de septiembre de 2026 - 7:11 am EDT

( LifeSiteNews ) — En la primera parte de esta entrevista, el arzobispo Carlo Maria Viganò argumentó que el Concilio Vaticano II debilitó el papel de la Iglesia como katéchon, la fuerza que frena la influencia del Anticristo en la historia. También abordó la autoridad papal, las reformas posconciliares, la sinodalidad y la creciente presencia de mujeres en el liderazgo vaticano.

En la segunda parte, Su Excelencia se centró en la reforma litúrgica y en la Traditionis Custodes, que considera elementos clave de una deformación teológica y eclesiológica más amplia. También abordó el pontificado de León XIV, la existencia de redes de protección entre las élites eclesiásticas y la influencia de las fuerzas globales en la jerarquía contemporánea.

Esta tercera parte de la entrevista se centra en las reflexiones de Viganò sobre los límites de la obediencia, la legitimidad de resistir el error doctrinal, las acusaciones de sedevacantismo que se le imputan y, finalmente, lo que él considera que es el camino hacia la restauración de la doctrina, la liturgia y el gobierno católicos.

LifeSiteNews: En varias ocasiones, usted ha dicho que sus peticiones de aclaración teológica a León XIV quedaron sin respuesta. ¿Cómo interpreta el hecho de que un Papa que insiste tanto en el diálogo, la reconciliación y la escucha esté dispuesto a reunirse con interlocutores muy alejados de la doctrina católica (pienso en James Martin o en la supuesta "arzobispa" de Canterbury), pero no parezca dispuesto a entablar un diálogo con un arzobispo que le pide públicamente que dé explicaciones sobre cuestiones teológicas fundamentales?

Arzobispo Carlo Maria Viganò: Lo interpreto como la prueba más clara de lo que llevo defendiendo desde hace años. El “diálogo” de la Iglesia sinodal no es diálogo: es un mecanismo selectivo. La Iglesia sinodal dialoga con los no creyentes, porque con los no creyentes no hay nada que defender; no dialoga con los creyentes, porque estos plantean preguntas que la Iglesia sinodal no quiere responder. La audiencia que se me concedió fue cancelada sin explicación; durante esos mismos días, una “arzobispa” anglicana fue recibida con honores e impartió su bendición en la tumba de San Pedro. La secuencia de los hechos habla por sí sola.

Le escribí tres cosas sencillas a Leo: le pedí una audiencia; le pedí que se arrepintiera y me confirmara en la fe, como Cristo le mandó a Pedro; y le pedí que me dijera en qué sentido contradigo el Depositum Fidei, porque le habría mostrado lo que creo punto por punto y le habría dicho cómo pienso continuar.

No recibí respuesta alguna. Y la razón no es ni distracción ni exceso de trabajo: es que responder le habría exigido decir lo que cree la Iglesia sinodal y, por lo tanto, confesar en qué se diferencia de lo que la Iglesia católica siempre ha creído. El silencio le sirve para preservar la ambigüedad; la excomunión lo exime de refutar. Pero el silencio es en sí mismo una respuesta, y la más elocuente. Un papa que recibe a James Martin y no recibe a un arzobispo que le pide la confirmación en la fe ya ha dejado claro de qué lado está.

LSN: Se le objeta que separar la institución de la persona del Sucesor de Pedro produce un papado abstracto y desencarnado —casi un nestorianismo eclesiológico— y que el principio Prima Sedes a nemine judicatur («La Primera Sede no es juzgada por nadie») prohíbe a los fieles juzgar al Pontífice. ¿Cómo responde usted?

Viganò: Respondo que la acusación está teológicamente invertida. Nestorio dividió lo que en Cristo está unido hipostáticamente, es decir, en la misma Persona del Verbo: una división imposible, porque esa unión es sustancial e indisoluble. Pero la unión de un hombre con el oficio papal no es hipostática: es jurídica y moral.

El Papa no es Cristo: es su Vicario, y el término Vicarius Christi encierra la distinción que se me reprocha, ya que un vicario, por definición, no se identifica con aquel en cuyo lugar actúa. El cónclave no altera la naturaleza del hombre: le confiere un cargo. El hombre que entra en la Capilla Sixtina y el que sale de ella son el mismo hombre, con la misma alma que salvar y los mismos pecados que enmendar; lo que se le añade es poder, no una segunda naturaleza. La gracia del Estado lo asiste, no lo transfigura, y como toda gracia, puede aceptarse o rechazarse.

Si, pues, alguien comete aquí un error cristológico, son aquellos que distinguen lo que es distinto: son aquellos que fusionan la persona y el oficio en una sola sustancia, tal como los monofisitas fusionaron las dos naturalezas. Conocemos el nombre de ese error, y no es nestorianismo: es papolatría.

Además, ni yo ni los tradicionalistas inventamos esta distinción: la hizo la Santa Iglesia, con palabras que valdría la pena releer. Cuando el Tercer Concilio de Constantinopla anatematizó a Honorio, y el Papa León II confirmó su condena, utilizaron la siguiente fórmula: hanc apostolicam sedem non apostolicæ traditionis doctrina lustravit – “no iluminó esta Sede Apostólica con la doctrina de la Tradición apostólica”.

Que cada palabra sea sopesada: hay una Sede, que tiene su propia doctrina y su propia luz; y hay un hombre que debía servir a esa Sede, y no lo hizo. El reproche no va dirigido a la Sede, sino a quien la preside, y se formula en nombre de la Sede. Esta es la distinción por la que hoy se me reprocha, la misma que formuló un pontífice al ratificar un concilio ecuménico.

Consideremos lo que se deduce de esto. La condena recayó sobre Honorio, no sobre la Iglesia romana: nadie afirmó que la Sede de Pedro hubiera cometido un error. Si quien preside la Sede y la Sede misma fueran una misma cosa, condenar a uno habría significado condenar al otro, y la indefectibilidad de la Iglesia romana se habría derrumbado en ese mismo instante. Que la Iglesia pudiera condenar a un papa sin colapsar es la prueba, no la excepción, de lo que sostengo.

Para mayor claridad, agrego que Honorio no fue condenado por definir una herejía, sino por no extinguir el fuego que tenía el deber de apagar; y que la sentencia provino después de su muerte, de un concilio y un papa, no de particulares. Pero esto es precisamente lo que fortalece el ejemplo, no lo debilita: demuestra que el cargo resistió el fallo de la persona, que el Depósito no se vio afectado por la negligencia de quien debía custodiarlo, y que la Sede se mantuvo firme incluso cuando quien la ocupaba no lo hizo.

En cuanto al principio «Prima Sedes a nemine judicatur» («La Primera Sede no es juzgada por nadie»), léase atentamente el sujeto de la proposición: no se refiere a la sede (o quien preside), sino a la Sede misma. Es la Primera Sede la que no es juzgada, y por una razón precisa: puesto que el cargo que ejerce es universal, no existe jurisdicción en la tierra superior a ella, y por lo tanto, ningún tribunal puede estar por encima de ella. La inmunidad es ratione Sedis, no ratione personæ: protege el cargo, no a quien lo ocupa. Aplicarla a quien preside la Sede en lugar de a la Sede misma implica cometer precisamente la confusión entre ambos términos que denuncio; de modo que el argumento esgrimido en mi contra, tras un examen minucioso, constituye la mejor confirmación de mi tesis.

Que aquel que se sienta en la Sede siempre ha estado sujeto a un posible juicio lo afirma la historia, y antes de la historia, la Sagrada Escritura. Esto no es una anécdota transmitida por los hombres: es el Espíritu Santo quien quiso plasmar en el Canon inspirado la escena de Antioquía (cf. Gál 2,11 y 14). Cum autem venisset Cephas Antiochiam, in faciem ei restiti, quia reprehensibilis erat («Pero cuando Pedro llegó a Antioquía, me opuse a él cara a cara, porque estaba condenado»); y un poco más adelante: dixi Cephæ coram omnibus («Hablé con Cefas delante de todos»).

Pablo reprende a Pedro, y lo reprende delante de todos, en asamblea. Si el que preside la Sede estuviera exento de todo juicio, esa página no se habría escrito, o se habría escrito para que cayera en el olvido; en cambio, es la Palabra de Dios, y la Iglesia la ha leído durante los últimos veinte siglos.

San Agustín sacó de allí la conclusión que hace suya Santo Tomás de Aquino: ipse Petrus exemplum majoribus præbuit ut, sicubi forte rectum tramitem reliquissent, non dedignentur etiam a posterioribus corrigi – “Pedro mismo dio a los superiores el ejemplo de no desdeñar ser corregidos incluso por los inferiores, si se hubieran desviado del recto camino” (cf. S. Th. , II-II, q.33, a.4, ad 2). El Doctor Angélico añade la regla que rige precisamente nuestro caso: ubi immineret periculum fidei, etiam publice essent prælati a subditis argumentndi – “dondequiera que un peligro amenace la fe, los prelados deben ser reprendidos por sus súbditos, incluso públicamente”.

Por eso, quienes hoy aplican el criterio de la Tradición no están «juzgando al Papa», sino la conformidad de una doctrina con el Depósito. Si no fuera así, la Tradición dejaría de ser un criterio válido. Quod semper, quod ubique, quod ab omnibus («Lo que siempre se ha creído, en todas partes y por todos») se convertiría en letra muerta, y San Pablo habría escrito en vano que ni siquiera un ángel del cielo puede anunciar otro Evangelio.

El «papacio abstracto» —si se me permite llamarlo así— es suyo. Es el papado de quienes lo definen en función de quien lo ocupa y permiten que se llene con cualquier contenido que esa persona le atribuya. El papado al que me refiero, sin embargo, es concreto: Tu es Petrus, confirma fratres tuos, pasce oves meas («Tú eres Pedro; fortalece a tus hermanos; apacienta mis ovejas»). El cargo tiene un contenido determinado, y precisamente por tenerlo, es posible comprobar cuándo quien lo ostenta no lo cumple.

LSN: Muchos de sus críticos sostienen que la distinción entre el papado y la persona del papa, llevada a las consecuencias que usted extrae de ella, conduce inevitablemente al sedevacantismo: si el papa es el primer enemigo del papado, ¿en qué sentido sigue siendo papa? ¿Qué responde a quienes le dicen que su postura es sedevacantista sin tener el valor de declararse como tal?

Viganò: Respondo que el sedevacantismo y el papistatismo son dos errores simétricos, nacidos de la misma premisa: que la persona y el cargo coinciden. El papistatista dice: puesto que este hombre es papa, todo lo que hace es bueno. El sedevacantista dice: puesto que lo que hace no es bueno, este hombre no es papa.

Ambas posturas parten de la identificación que yo cuestiono, y por ello ambas se ven desarmadas ante la realidad. Yo, en cambio, afirmo lo único que los hechos permiten: que el oficio pertenece a Cristo, que quien lo ocupa hoy lo ocupa verdaderamente, pero que lo ejerce en contra del fin para el que existe.

Que un pontífice pueda fallar en su mandato no es mi tesis: la cuestión del papa hæreticus fue debatida durante siglos por los teólogos más autorizados, y la Iglesia nunca la resolvió con una definición.

San Roberto Belarmino enumeró las opiniones sin cerrar la cuestión y dio a los fieles la regla práctica que me basta: sicut licet resistere Pontifici invadenti corpus, ita licet resistere invadenti animas – “así como es lícito resistir al Pontífice que ataca el cuerpo, también es lícito resistirlo cuando ataca las almas”. Resistir: no deponer.

Porque ese es precisamente el punto. Deponer a un papa o declarar vacante la Sede es un acto de jurisdicción, y ningún particular —sea obispo o laico— posee la jurisdicción para llevarlo a cabo.

Quien se arroga tal poder comete, a la inversa, el mismo abuso que reprocha a Roma: se erige en la medida de aquello de lo que solo es custodio. Y sufre las consecuencias: una Iglesia sin una Sede visible, sin la posibilidad de un futuro papa por los cauces ordinarios, sin otro criterio que el juicio privado de quienes la han declarado vacante. Es un camino que termina en un callejón sin salida, y he visto cómo se cierra sobre demasiadas almas sinceras.

Existe, pues, una razón más humilde, y para mí, decisiva. Desconozco la solución definitiva a este misterio, y no pretendo conocerla: un papa o un concilio la resolverán, o el mismo Señor cuando Él lo desee. Pero sé cuál es mi deber mientras tanto, y no requiere ninguna sentencia jurídica. No me corresponde deponer a un papa, ni seguirlo en el error, y como pastor tengo el deber de advertir al rebaño del Señor.

LSN: Tras haber denunciado durante años lo que usted considera una crisis de autoridad sin precedentes en la Iglesia, y después de haber abordado en su libro la distinción entre el papado como cargo y la persona del papa, ¿cuál cree que es la mejor manera de salir de esta crisis? ¿Cómo puede la Iglesia recuperar la integridad de la fe, la certeza de la doctrina y, sobre todo, una autoridad verdaderamente fiel al mandato petrino?

Viganò: No encontraremos la solución mediante recursos humanos, y sería presuntuoso pretender diseñarla desde un escritorio. Sin embargo, algunas cosas son ciertas, porque la historia de la Iglesia así lo enseña.

La primera es que la crisis terminará cuando la autoridad vuelva a cumplir con el propósito para el que Cristo la estableció: un papa que, con un acto solemne, condene los errores del Concilio Vaticano II y del período posconciliar, restaure la liturgia de la Iglesia, restablezca la disciplina y repudie la sinodalidad como algo ajeno a la constitución divina de la Iglesia. Humanamente hablando, hoy no es evidente cómo podría suceder esto, puesto que toda la jerarquía está corrupta y entre quienes podrían realizar tal acto no hay ni uno solo que muestre el deseo de hacerlo. Sin embargo, no se trata de una esperanza utópica: es lo que los papas siempre han hecho frente a las herejías, y lo que un día se hará, porque portæ inferi non prævalebunt («Las puertas del infierno no prevalecerán»). Si hemos llegado al final, y ya no hay un papa que lo lleve a cabo, Nuestro Señor mismo lo hará en su gloriosa segunda venida.

La segunda certeza nos concierne, mientras tanto. Nuestra tarea no es declarar vacante la Sede ni resignarnos a una obediencia que nos convertiría en cómplices. Es permanecer católicos: preservar la fe intacta, celebrar y asistir a la Misa de todos los tiempos, formar sacerdotes y obispos puros, resistir los mandatos ilícitos con la firmeza de los santos y sin perder jamás la caridad. No es casualidad que donde sobrevive la Tradición, florezcan las vocaciones, las familias y los jóvenes: la Iglesia de todos los tiempos está viva, y la Iglesia sinodal es un cadáver: iam fœtet («a estas alturas apesta»). Quien permanece fiel hoy prepara la restauración del mañana, como los monjes durante los siglos de barbarie.

La tercera certeza es sobrenatural, y es la más importante. Esta crisis es una prueba permitida por Dios para purificar a su Iglesia, y como toda prueba, pasará. El katéchon humano puede ser removido; pero Aquella que prometió: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará», permanece. Recemos el Santo Rosario, hagamos penitencia y reparemos nuestros pecados, y pidamos a la Santísima Virgen que nos conceda un papa que sea verdaderamente Pedro.

El papado pertenece a Cristo, y Cristo no abandona lo que es suyo: los hombres pueden traicionarlo, pero no pueden destruirlo. Por eso nunca he perdido la esperanza, y por eso no la perderé. «Yo sé en quién he creído» (2 Timoteo 1:12). Scio cui credidi.


Fuente - Texto tomado de LIFESITENEWS.COM:

¿Eres humilde? Estas 20 señales te ayudarán a descubrirlo

    



5 de septiembre de 2018 - 6:31 pm - Redacción ACI Prensa


Un autor católico decidió crear un listado para ayudar a los fieles en su camino hacia la santidad, identificando aquellas señales de falta de humildad que alejan al hombre de Dios.

Inspirado en las reflexiones de los santos, Angelo Stagnaro presenta su lista en un artículo publicado en el National Catholic Register, y recuerda que “nada destruye el crecimiento espiritual como un odioso caso de narcisismo” y que “Jesús es el mejor ejemplo para los cristianos que buscan seguir humildemente el plan de Dios para su vida”.

“La humildad es la virtud de dejar de lado nuestro orgullo, vanidad, narcisismo y arrogancia. Así como algunos dicen que el orgullo es la principal raíz de los siete pecados capitales, la humildad es su cura”, aseguró.


20 señales para detectar
la falta de humildad


(Las 12 primeras han sido tomadas del libro “Surco” de San Josemaría Escrivá)


1. Pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás.

2. Querer salirte siempre con la tuya.

3. Disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala manera.

4. Dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad.

5. Despreciar el punto de vista de los demás.

6. No mirar todos tus dones y cualidades como prestados.

7. Excusarte cuando se te reprende.

8. Oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti.

9. Dolerte de que otros sean más estimados que tú.

10. Negarte a desempeñar oficios inferiores.

11. Insinuar palabras de alabanza hacia uno mismo o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional.

12. Avergonzarte porque careces de ciertos bienes.

13. No estar dispuesto a admitir el error o la derrota.

14. Creer que no es necesario arrepentirse de los pecados del pasado y del presente.

15. Olvidar, a veces intencionalmente, que Dios ama a todos los seres humanos por igual.

16. Insistir en tener la última palabra.

17. Estar más preocupado por tus propios sentimientos que por los de los demás.

18. Negarse a perdonar a los demás.

19. Mentir para obtener un beneficio.

20. Presumir de la “gran fortuna” obtenida en la vida.


Fuente - Texto tomado de ACIPRENSA.COM:
https://www.aciprensa.com/noticias/eres-humilde-estas-20-senales-te-ayudaran-a-descubrirlo-69872

Santa Misa - Domingo 20 de Septiembre de 2026

 






































Igualmente, ofrezcamos el rezo del Santo Rosario - La Coronilla de la Divina Misericordia y el Santo VíaCrucis a Dios, por intercesión de la Virgen María, por el fin de los fenómenos naturales y terribles acontecimientos a nivel mundial. También por las intenciones de todos y cada uno de ustedes:















Unámonos todos como Iglesia Militante y Peregrina, y asistamos virtualmente a la Santa Misa, junto a Jesús en su Calvario, con profunda fe y recogimiento.


Elevemos a Dios nuestras oraciones y peticiones personales, también por las de nuestros familiares, amigos y el mundo entero.


Igualmente, pidamos perdón por nuestros pecados, procuremos la conversión de nuestras vidas, busquemos a Dios a través del Sacramento de la Reconciliación "Penitencia o Confesión", y recibamos la gracia de su perdón y su amoroso abrazo de Padre, que recibe a sus hijos pródigos que regresan a Él, ÚNICO PADRE que sí nos ama verdaderamente.


Recordemos lo más sublime: recibir en estado de gracia al Señor Dios en su Presencia Real, en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía (Hostia Consagrada), en la totalidad de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en el santísimo sacrificio incongruento, como memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.









Dios nos colme de abundantes bendiciones a todos, la Santísima Virgen María interceda por nosotros, y San José, protector de la Iglesia Católica Universal, defienda a la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas del demonio y de todos sus enemigos, además de toda adversidad.


Muchas gracias a todos ustedes por su gentil atención.



Fuente - Texto de la Comunión Espiritual tomada de ACIPRENSA.COM:
https://www.aciprensa.com/recursos/comunion-espiritual-682